En las próximas semanas, España afrontará un proceso de regularización de personas migrantes que viven y trabajan entre nosotros desde hace años. El debate público, como suele ocurrir, corre el riesgo de quedar atrapado en cifras, miedos o consignas. Sin embargo, desde una mirada cristiana, conviene detenerse en una pregunta más honda: ¿qué nos pide la dignidad de la persona humana?
La Iglesia ha recordado de forma constante que el migrante no es, ante todo, un problema que gestionar, sino una persona que acoger. Hombres y mujeres con rostro, historia y nombre propio, muchos de ellos integrados de hecho en nuestras comunidades, parroquias y barrios, sosteniendo sectores esenciales de nuestra economía y cuidando a nuestros mayores y niños. La irregularidad administrativa no define su valor ni puede convertirse en una condena permanente a la invisibilidad.
El Papa Francisco ha sido especialmente claro al respecto. En Fratelli tutti recuerda que «nadie puede quedar excluido» y que la dignidad humana está por encima de cualquier circunstancia legal o geográfica. Regularizar no es un gesto ingenuo ni un premio injusto: es un acto de justicia que reconoce una realidad existente y permite que miles de personas salgan de la precariedad, accedan a derechos básicos y asuman plenamente sus deberes como ciudadanos.
Desde el Evangelio, la acogida no es una opción secundaria. «Fui forastero y me acogisteis» no es una consigna retórica, sino un criterio de discernimiento. Jesús mismo conoció la experiencia del desplazamiento y la fragilidad. La tradición cristiana ha entendido siempre que el orden social es auténtico cuando pone a la persona en el centro, especialmente a la más vulnerable.
Este proceso de regularización puede ser una oportunidad para fortalecer la cohesión social. La seguridad jurídica beneficia al conjunto de la sociedad: reduce la explotación laboral, favorece la contribución fiscal y promueve una convivencia más justa. Pero, más allá de sus efectos prácticos, tiene un valor moral profundo: reconoce que nadie debería vivir condenado al miedo o a la clandestinidad por el simple hecho de haber buscado una vida mejor.
España, con una larga historia de migraciones, sabe bien lo que significa partir y ser acogido. Mirar al migrante desde la lógica del encuentro, y no del recelo, es coherente con nuestras raíces cristianas y con una visión humanista del futuro. Regularizar es, en definitiva, un paso necesario para dignificar, integrar y construir una sociedad más fraterna.
