Manuel de Diego Martín
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24 de marzo de 2012
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El domingo pasado, el pueblo de Munera se vistió de fiesta viviendo un gozoso acontecimiento en su parroquia. Un ciudadano rumano, de origen húngaro, llegado de Transilvania, la tierra de Drácula, llamado Karol Yacab, casado, con dos hijas, era ordenado diácono al servicio de la diócesis de Albacete por nuestro Obispo.
Su vida es toda una aventura. El joven Carlos, católico, hace su formación teológica en un seminario de rito latino. Los de este rito, como ocurre entre nosotros, los que quieran ser sacerdotes tienen que renunciar al matrimonio. Esta idea tenía Karol, la de ser cura sin casarse. Pero en este momento un obispo amigo suyo, de rito oriental le pide por favor que se pase a su iglesia, también católica, pero de rito griego, pues necesita sacerdotes para recuperar las parroquias que el Régimen comunista les había expoliado para dárselas a los ortodoxos que no tenían obediencia a Roma. Caído el régimen comunista, era el momento de recuperar las parroquias.
Y nuestro Karol, tan bueno y servicial tiene que buscarse novia, casarse primero, para que luego el obispo le ordene de cura. Pero ¿qué sucede? Que los ortodoxos no quieren devolver las parroquias y el Obispo, por orden de Roma, no puede ordenar más sacerdotes. Y nuestro joven se encuentra con mujer, pero sin el sacerdocio. Ahora no puede volver al rito latino, porque ya está casado. Su sueño de ser cura queda truncado.
Después de buscarse la vida por aquí y por allá, un primo suyo lo reclama para que venga a trabajar como camionero en una empresa de Munera. Enseguida va a la parroquia, el sacerdote D. José Antonio descubre los grandes valores de este cristiano. Y el día en que sus hijas reciben la confirmación, D. Ciriaco lo conoce y se da cuenta de que podría ser un gran diácono. Después de dos años de preparación llegó el gran día.
Nos decía Carlos después de ser ordenado. ¡Qué gran regalo me ha hecho el Señor, una mujer a la que tanto amo y dos hijas. Y además poder servir a la Iglesia como diácono! Fue muy emotivo el momento en que el ordenando estaba postrado encima de la tumba del Beato Bartolomé, un hombre martirizado por el régimen comunista, él que tantos años había sido víctima del mismo régimen.
Su jefe estaba loco de contento, ese día, por tener un trabajador tan bueno. Nos decía, a ver si ahora me lo quitan. No pasará esto. Carlos seguirá de camionero siendo a la vez diácono de la Iglesia, llevando su amor y pasión por Jesucristo a todos los lugares del mundo hasta donde lleguen sus camiones.