Manuel de Diego Martín
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31 de agosto de 2025
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El próximo 3 de septiembre celebramos los 75 años del nacimiento de la Diócesis de Albacete, con la entrada de su primer obispo, don Arturo Tabera. Durante los últimos años en que fue obispo residencial don Arturo, tuve la suerte de descubrir qué gran pastor tuvimos, y que más tarde llegó a ser cardenal en Roma. También fue padre conciliar en el Vaticano II.
Yo soy burgalés. Cuando era seminarista estudiaba en la Universidad de Comillas, en Santander. Un buen amigo de Albacete, Francisco Galindo, también seminarista, me animaba a dejar Burgos -donde había tantos sacerdotes- e ir a Albacete, donde la nueva Diócesis necesitaba ayuda. Yo le respondí que sí, siempre que me admitieran. Pero algunos compañeros murcianos, al enterarse de mi decisión, la consideraron poco acertada. Pero yo me hice esta reflexión: si en Albacete necesitan curas y en Burgos sobramos, yo me voy allá.
Mi primera llegada a Albacete fue a la estación vieja. Era difícil encontrar un autobús, las calles estaban sin asfaltar… y en ese momento recordé los consejos de los murcianos. Pero enseguida me encontré con lo más grande que podía esperar. Entré al nuevo Seminario y vi aquella imagen de la Virgen en el patio, que me recibía con los brazos abiertos. Y lo que más me impresionó fue conocer a unos formadores y directores tan valiosos: don José Delicado, que llegaría a ser arzobispo de Valladolid; el rector Larrauri, que más tarde fue obispo de Vitoria; y, por supuesto, don Alberto Iniesta, gran escritor y después obispo auxiliar en Madrid.
Tuve la dicha de ser ordenado sacerdote el 8 de diciembre de 1967 por don Arturo. Aquí sigo, en Albacete. Nunca hubiera imaginado la suerte de ser sacerdote de esta diócesis. Mis primeros años los pasé como formador en el Seminario. Después, diez años en la misión que Albacete tenía en África. Más tarde fui párroco en Madrigueras, en Hellín y en la ciudad de Albacete.
Con el tiempo llegaron mis problemas de huesos; me operaron y ahora vivo en la Casa Sacerdotal, donde nos cuidan tan bien. Y a mis 84 años sigo colaborando en lo que puedo. Solo me queda dar gracias al cielo por haberme regalado esta Diócesis tan buena, y pedir que sigamos adelante con el mismo espíritu con el que sus fundadores la pusieron en marcha.