Pedro López García

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25 de enero de 2026

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«Jesús se retiró a Galilea…»; y por eso, en Galilea, el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande. Jesús, con su palabra, llamó a los primeros discípulos: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».

Hoy la luz y la llamada de Dios nos alcanzan con la debilidad de la palabra… de la Palabra del Señor que se nos anuncia, que escuchamos, que leemos… y que, de este modo, puede entrar en lo más íntimo del corazón: «La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón» (Heb 4,12).

Este domingo celebramos el Domingo de la Palabra de Dios: Ella «es, ante todo, voz viva de Dios que resuena hoy en medio de su pueblo, luz que ilumina nuestras sombras y alimento que fortalece nuestro camino» (mons. Sergi Gordo Rodríguez, obispo de Tortosa).

Por eso este domingo es ideal para entronizar el libro de la Sagrada Escritura en la iglesia y en las casas; para decidir leer cotidianamente la Palabra; para acudir a ella a la hora de discernir y tomar decisiones importantes; para confrontar con ella nuestros movimientos interiores, nuestros deseos, nuestros pensamientos y nuestras pasiones; para leerla, meditarla, escrutarla… y dejarse escrutar por ella sin prejuicios ni barreras.

La oración y la Palabra son los dos pulmones de la vida espiritual. La Palabra y la Eucaristía son las dos mesas que nos prepara el Señor para alimentarnos. La oración, la Palabra y la Eucaristía construyen la comunión al llamarnos al perdón, a la humildad y a la paz. Ellas dan consistencia y fortaleza a la acción misionera de la Iglesia cuando anuncia el Evangelio. Ellas nos hacen ver en los pobres el rostro del Señor y, allí, amarlo y defenderlo.

Al abrir la Sagrada Escritura no nos encontramos sólo con un texto, sino con una Persona viva, con Aquel que es la Palabra por excelencia: Cristo Jesús, el Verbo eterno de Dios hecho carne, hecho palabra.

En uno de los momentos más dramáticos de su vida escribía San Juan Crisóstomo: «Tengo en mis manos su palabra escrita. Éste es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

Animémonos a leer, a escuchar, a meditar, a escrutar la Palabra. Tal vez con el evangelio diario o dominical. Tal vez leyendo uno de los evangelios, o los salmos, u otro libro de la Biblia. Tal vez participando en grupos de lectio divina o de catequesis de adultos.

Dejemos que el Señor nos hable, ilumine nuestra vida, nos llame a seguirle, nos invite a convertirnos a Él con todo el corazón y a amar a los hermanos.