Ignacio Requena

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4 de enero de 2026

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El prólogo del Evangelio de san Juan nos introduce en el misterio más profundo de la Navidad. No comienza con un pesebre ni con pastores, sino llevándonos al origen de todo: «En el principio existía la Palabra». Juan nos invita a contemplar la Navidad desde la eternidad de Dios.

La “Palabra” no es sólo un mensaje, sino una Persona. Existía desde siempre, estaba junto a Dios y era Dios. Todo fue creado por medio de ella. Esto nos recuerda que el Niño de Belén no es un personaje secundario en la historia, sino el sentido último de la creación y de la vida.

La Navidad no es sólo el recuerdo de un nacimiento, sino la revelación de quién es realmente Dios: un Dios que se comunica, que sale de sí mismo, que quiere ser comprendido y acogido.

San Juan presenta a la Palabra como vida y luz. Una luz que brilla en la tiniebla y que la tiniebla no puede apagar. En un mundo marcado por el pecado, el sufrimiento y la incertidumbre, esta afirmación es profundamente esperanzadora: la oscuridad no tiene la última palabra.

La Navidad nos recuerda que, incluso cuando parece que Dios está ausente, su luz sigue presente, silenciosa pero firme, iluminando la historia humana.

El Evangelio no oculta una realidad dolorosa: «Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron». Aquí aparece el gran drama de la libertad humana. Dios se acerca, se hace cercano, vulnerable, pero puede ser rechazado. La Navidad no es un cuento idealizado; es el comienzo de una historia de amor que será herida, incomprendida y, finalmente, llevada a la cruz.

A pesar del rechazo, el texto proclama una promesa: «A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios». La Navidad inaugura una nueva condición para la humanidad: ya no sólo criaturas, sino hijos e hijas de Dios, no por méritos propios, sino por gracia. La fe en Cristo nos introduce en una relación nueva, íntima y viva con Dios.

El corazón del texto está en esta frase decisiva: «Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros». Dios no se quedó lejos. Entró en nuestra fragilidad, asumió nuestra historia, nuestro dolor, nuestras preguntas. Dios camina con su pueblo, comparte su destino.

Este Evangelio nos invita, en este tiempo de Navidad, no sólo a celebrar, sino a contemplar y acoger; a dejarnos iluminar por la Palabra hecha carne.