Ana Blanch Orfila
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31 de agosto de 2025
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Una costumbre que ha acompañado a la humanidad desde siempre es la reunión en torno a una mesa. Allí, entre familias y amigos, compartimos la comida y conversaciones; en ocasiones, cada uno aporta algo de esa comida, y en otras disfrutamos de la comida que alguien ha preparado para todos. Existen también almuerzos de otra índole: sociales o de negocios donde se cierran transacciones y acuerdos tanto políticos como económicos.
Aunque los protocolos en la mesa se van perdiendo con el tiempo y ya son menos, en encuentros como los últimos, más formales, todavía existen ciertas normas de etiqueta: agasajar al anfitrión, agradecerle su hospitalidad, la colocación de los invitados según su importancia, o el cuidado en las formas.
El Evangelio de Lucas, que leemos hoy, también gira en torno a una mesa. En ese espacio se nos propone la parábola. Jesús aprovecha ese entorno para dar un vuelco al orden de los valores establecidos.
En la primera parte de la parábola, los invitados de mayor rango buscaban ocupar los lugares principales, dejando los sitios menos relevantes para los demás. Pero Jesús nos propone una nueva perspectiva: rompe las costumbres, denuncia la búsqueda de prestigio, cuestiona esos ritos y protocolos, e invita a vivir de otra manera nuestras relaciones con los demás, sin pretender siempre ser los primeros ni buscar reconocimientos. Porque, al final, esa ambición lejos de crear un entorno social integrador, termina generando rechazo entre todos.
La segunda parte de la parábola va más allá: no basta con ocupar humildemente un lugar discreto. En la época del Imperio romano, los pobres y enfermos eran excluidos y nunca hubieran podido estar compartiendo esa mesa. Jesús interpela al anfitrión para que abra su mesa a los desheredados sociales, a los últimos, a aquellos que no tienen posibilidad de devolver la invitación. Porque no se trata de invitar para recibir algo a cambio, sino de vivir la gratuidad y la acogida.
El Dios de Jesús, el Dios Amor, nos invita a un estilo de vida que sacude las reglas sociales imperantes. Dar sin esperar recompensa, ser misericordiosos y compasivos: eso es identificarse con Él.
El mensaje de Jesús de Nazaret sigue siendo actual. Hoy hablamos constantemente de inclusión e igualdad. Sin embargo, el uso repetido y, a veces, superficial de estas palabras corre el riesgo de vaciarlas de contenido. El Evangelio nos devuelve su verdadero sentido: incluir no es una estrategia política ni un simple eslogan, sino un gesto de amor gratuito que rompe jerarquías y barreras.
Jesús fue, en este sentido, un revolucionario. Desconcertó en su tiempo y sigue desconcertando en el nuestro, porque nos propone un modo de vida a contracorriente: situar al último en el centro. Nos propone una manera de vivir a la inversa, contraria a cualquier protocolo que excluya, porque no hay norma que deba quedar por encima de la caridad y el amor al otro.
Tanto los que pertenecemos a la comunidad cristiana, como los que no, estamos llamados a esa apertura hacia el otro. Implica asumir una lógica distinta a la del poder y el prestigio, para vivir desde la acogida, la integración y la igualdad.
En ocasiones, nos dejamos llevar por campañas políticas sobre integración e igualdad, cuando realmente solo hace falta fijar los ojos en el Evangelio. Allí encontraremos el verdadero sentido de todas ellas, porque no hay nada más integrador que el Evangelio.