Carmen Escribano Martínez
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1 de febrero de 2026
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Cada vez se hace más frecuente ver grupos de turistas en nuestra ciudad; son fácilmente reconocibles: van en grupos siguiendo al guía, fotografiando con móviles y cámaras los edificios o consultando mapas de la ciudad. No sé si han intercambiado alguna opinión con ellos; con los que yo he hablado resaltan, con asombro, la grata sorpresa de descubrir una ciudad cómoda, comercial, bonita y, sobre todo, muy dinámica, familiar y llena de vida. Reconozco que todos estos comentarios me halagan y me reafirman en mi orgullo por formar parte de esta comunidad.
Las personas no somos individuos aislados que actuamos como francotiradores a nuestro libre albedrío. El sentido de pertenencia a una comunidad nos lleva al respeto por los demás, a su cuidado, sabiendo que nuestras acciones individuales influyen en el todo común. Es hermoso cuando hemos vivido o conocido que, en un pueblo, se cuidan los vecinos con gestos sencillos: tocando las puertas, llevándose el pan, barriendo las puertas, adornando las calles, limpiando su iglesia… Son hechos que nos llevan a imaginar a una comunidad de vecinos en la que todos están por todos. Se trata de cuidar la vida, sabiendo que cada gesto y cada pequeña acción hacen que esta sea más agradable y más grande.
Comienza el mes de febrero; apenas hace unos días nuestras calles se llenaban de música y brillo, que ahora se han apagado. Estamos viviendo en la Iglesia el Tiempo Ordinario, tiempo que nos da la oportunidad de vivir la vida con alegría, de manera amistosa y abierta, en paz con todos, acompañándonos en la tarea de hacer la vida más dichosa.
Esta experiencia espiritual dilata el corazón: comenzamos a sentir que nuestros anhelos más hondos se mezclan con las promesas de Dios, y nuestra vida finita y limitada se abre a lo infinito. Es vivir la vida como Dios la ve y la ama; es decir, buena, digna y bella, y abierta a la felicidad eterna.




