Juan Iniesta Sáez
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1 de febrero de 2026
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De la perícopa evangélica de este domingo, que recoge las Bienaventuranzas que Jesús, como el nuevo Moisés, trae al monte como las tablas de la Ley Nueva en este discurso central en su predicación evangélica, se ha dicho prácticamente todo.
En su formulación paradójica, las bienaventuranzas no dejan de ser el reflejo más logrado de lo que es la experiencia cotidiana del discípulo, que, si vive el ideal del Evangelio, en muchas ocasiones experimenta cómo es un ideal radicalmente contrapuesto al del mundo, el de hoy como el de cualquier momento de la historia de la humanidad.
Donde el ser humano busca casi instintivamente éxito y riqueza, el Mesías propone la opción por la pobreza; donde el imponer los propios criterios y el triunfo sobre los demás mueven las voluntades de tantos, Cristo sitúa como preferibles las lágrimas de quienes trabajan por la paz (y, es evidente si uno mira los telediarios con realismo, trabajan inútilmente, dado que es la fuerza y la dominación lo que sigue inspirando tantas relaciones humanas); donde el materialismo mundano nos habla de disfrute y placer, de saciar las apetencias del cuerpo y encontrar en ello nuestro contento, el Señor propone la limpieza de corazón, que partiendo de nuestra realidad corporal, no se limita ni se satisface con la saciedad de los sentidos, del hambre o del placer, sino que pone la plenitud de la vida en lo que colma, además del cuerpo, el alma.
Antes que de nosotros mismos y de lo que debemos vivir, las Bienaventuranzas nos hablan del propio Jesucristo. Él es el pobre en el espíritu, el manso, el que lloró y llora, con hambre de justicia, porque su misericordia no lo impregna todo. Él es el que trabaja denodadamente por la paz, y por ello es perseguido, insultado, calumniado y hasta ajusticiado. Y eso, hace dos mil años, como ahora.
Las ocho bienaventuranzas apuntan hacia una plenitud, la del cielo, que a la vez nos confrontan con nuestra insuficiencia, aún apegados como estamos a la mentalidad mundana. Pero, a la vez, son un acicate para poner nuestro camino en manos de quien lo ha recorrido en verdadera plenitud. El lema de la misión diocesana, «Camino contigo», es la palabra de aliento que el propio Cristo, triunfante aunque llagado, susurra al oído de nuestra alma cada vez que sentimos impotencia, frustración o insuficiencia en la senda del discipulado, cuyo recorrido delinean nítidamente estas bienaventuranzas.




