Manuel de Diego Martín
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17 de noviembre de 2012
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Pasó la huelga general. Al día siguientes las persianas que habían estado cerradas volvieron a abrir de nuevo, los sindicalistas recogieron sus banderas y para suerte de todos lució un espléndido sol.
A los que dijeron si a la huelga les queda la satisfacción de haber testimoniado su enfado contra unas medidas para combatir la crisis ya que piensan que es peor el remedio que la enfermedad. A los que no están de acuerdo que estos problemas se arreglen con huelgas generales, les queda, al menos, el alivio de que todo se ha desarrollado civilizadamente, quitando esos piquetes coactivos o esos desmadres que produjeron ciertos grupos antisistema, que no son muchos ni tampoco sabemos lo que piden.
Y ahora, tanto a unos como a otros, nos queda la pregunta. ¿Cómo arreglar todo esto, si ya nos están anunciando que el 2013 será aún peor. ¿Nos ponemos todos en huelga general hasta dejarnos morir? ¿Quién nos puede decir los cambios que de verdad se necesitan para hacer cambiar la situación? Aquí está el gran problema.
Estos días en la lectura de la Misa hemos oído a S. Pablo la descripción que hacía de cómo se vivía en ciertos ambientes sociales en los que había riñas, enfrentamientos, robos, mentiras continuas, odios interminables, pero cuando llegó el Salvador y la fe prendió en aquellos corazones, las cosas fueron cambiando. ¿Cómo podemos nosotros sentir hoy esta influencia luminosa de Jesús, que cambie nuestros corazones para hacer cambiar a la historia? ¿Desde nuestra fe cristiana podemos aportar un granito de arena a la solución de la crisis?
El próximo fin de semana, en este año de la Fe, la Iglesia diocesana ha organizado un Congreso de la Fe con este lema: “Creo, Señor” Van a venir a darnos conferencias profesores de renombre nacional que tratarán de explicarnos en primer lugar cómo enganchar con esa experiencia de fe, cómo creer en Jesús. Después cómo podemos vivir, hacer crecer esta fe y consecuentemente actuar en el mundo. En tercer lugar cómo contagiar, comunicar esta fe a los demás.
Si hubiera muchos cristianos en Albacete, que llegasen a decir desde lo hondo de su corazón “Creo, Señor” seguro que muchas cosas cambiarían en nuestro entorno social. Si aquel mundo pagano del primer siglo que vivía sin Dios, ni alma ni corazón, como nos cuenta S. Pablo, fue transformado por el evangelio ¿Por qué no esperar que en siglo XXI pueda ocurrir algo parecido?