Manuel de Diego Martín

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26 de noviembre de 2011

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En noviembre del 2010, le preguntaban al Papa Benedicto XVI sobre el avance de la secularización y la rápida disminución de la práctica religiosa en Occidente y en sus respuestas hizo la anotación de que precisamente en España era donde se estaba jugando una batalla decisiva ente la fe y la razón, estableciendo una relación directa entre el choque de la fe y un “laicismo agresivo” que recordaba el anticlericalismo de la segunda República.

También por aquel tiempo, un diario norteamericano, el Washington Post afirmaba que Zapatero había provocado un “cisma Iglesia-Estado” en España al llevar adelante leyes que frontalmente chocaban con el pensamiento cristiano tan arraigado en suelo español. En la memoria está la ley en la que el aborto se convertía en un derecho, el rango de matrimonio entre homosexuales, la adopción de niños en estas uniones matrimoniales, los embates a la libertad de enseñanza, el acoso a la clase de religión y al derecho que tienen los padres a educar a sus hijos introduciendo aquella conflictiva ley de educación para la ciudadanía. 

El 20 de noviembre del 2011  España se vistió de azul. Esperamos que bajo este cielo azul haya más calma y las cosas se vean con más objetividad. Esperamos que los nuevos dirigente sean más sensible hacia la visión que tiene la Iglesia sobre los derechos humanos, el concepto de libertad religiosa,  el sentido de la institución matrimonial, el respeto a la vida desde que comienza, con un no al aborto, y el mismo respeto hasta su final con un no a la eutanasia. ¿Serán sensibles a estas demandas de gran parte del  pueblo español, además  tan razonables, puesto que  llevan consigo las exigencias de  la razón y de la verdad del ser humano, explicitados en los principios morales del cristianismo?

Esperamos que llegue un día en que cuando le hagan a este Papa una pregunta sobre el secularismo y la ruina del cristianismo en Occidente, pueda poner a España como ejemplo de un pueblo que en su vida y en su legislación sigue fiel a los principios inamovibles de la tradición cristiana.  Dios nos oiga.