Francisco Javier Avilés Jiménez

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6 de enero de 2026

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Una estrella marca el lugar del nacimiento de Jesús en Belén. Pero, desde aquella primera navidad, la estrella que marca el nacimiento de Dios-con-nosotros brilla en el rostro del hermano que necesita que seamos su prójimo. Rostros, biografías, entrañas de humanidad y pesadas cargas de dolor soportadas a duras penas sobre sus espaldas: esas son las estrellas que indican el lugar y el momento en los que Dios vuelve a nacer para que no muramos de inhumanidad.

Adorar es poner esa carne frágil, que preludia toda la ternura de Dios, por encima del oro, el incienso y la mirra. Es colocar la humanidad -tan débil como un recién nacido- por encima de los intereses crematísticos, de la vanidad y del poder. Porque adorar a Dios sólo es posible si, en nuestra escala de prioridades, su voluntad de vida y fraternidad no se pospone, no se malvende ni se escamotea por miedo o comodidad.

Adoremos al Dios que nos invita a no caer en el racismo, el clasismo, o la aporofobia, o tantas otras formas de irracional culto al ego o a la pretendida superioridad de un pueblo, una raza, una cultura o una religión. Ni siquiera la religión puede anteponerse al Dios humanado sin que corramos el riesgo de deshumanizarnos. El culto en verdad y en espíritu, el que adora al Dios verdadero, se practica con las bienaventuranzas y el mandato del amor fraterno.

No vamos a descuidar el lenguaje respetuoso y devocional con el que reverenciamos los símbolos de nuestra fe; nos arrodillaremos, nos santiguaremos y trataremos con delicadeza los espacios, los signos y los elementos de nuestra liturgia y nuestras iglesias, claro que sí. Pero adorar -adorar de verdad- requiere la práctica coherente y esforzada de lo que Dios mismo es: amor entregado, compasión entrañable, perdón generoso. Así quiere Dios que lo adoremos y, como los magos, hemos venido a adorarlo.