Mons. D. Ángel Román Idígoras

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30 de noviembre de 2025

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Dicen que año nuevo, vida nueva. Cada comienzo de lo que sea es una oportunidad para crecer y avanzar.  La Iglesia deja clara esta idea empezando el año litúrgico con el tiempo de Adviento. Es un tiempo de expectación. Sabemos que Cristo triunfa, que la Vida siempre gana. Así lo celebramos el último domingo de cada ciclo litúrgico con la festividad de Jesucristo Rey del Universo. Y sabemos que, de nuevo, vendrá el Señor, pero ahora ya en plenitud. Se acerca nuestra liberación, y ese es nuestro anhelo. Lo más interesante de todo esto es que la espera cristiana es activa.

Los católicos nos planteamos la vida como un peregrinar hacia el Cielo. Nos ponemos en movimiento en dirección al Libertador, que corre también a nuestro encuentro. Y en ese caminar, saboreamos el cielo en la tierra. Ya estamos gozando de la victoria de la Vida y lo haremos de forma plena cuando “los que vamos” nos encontremos con “el que viene” y nos dé ese abrazo definitivo.

Esto no son músicas celestiales que suenan en abstracto, sino una invitación a revolucionar nuestros corazones y concretar cómo hacer esta marcha. Llevamos ya siete meses caminando juntos. Ha sido tiempo de conocer, de disfrutar y de marcar líneas de acción para seguir avanzando en ese encuentro. Tenemos ya “material” para ir dando pasos.

MISIÓN. Saquemos adelante la propuesta de misión que nosotros mismos hemos planteado. Es una concreción arriesgada de la llamada que nos hace nuestro bautismo. Vamos a dar ideas al equipo organizador. Vamos a motivarnos y a ilusionar a nuestra gente. Cumplamos con la tarea que se nos confía: iluminar con la Luz de Dios nuestra Diócesis. Se pone en nuestras manos la posibilidad de aliviar a tanta gente empachada de chucherías y necesitada de Pan de Vida. Qué apasionante resulta saber que el Salvador nos necesita para reavivar con su alegría tantos corazones sedientos de ella.

Invito también a ponernos “modo asamblea” en nuestras comunidades y repensar en ellas la estructura de nuestra Diócesis: ¿qué necesitamos?, ¿cómo se puede dar respuesta a la realidad que descubrimos?, ¿cómo acoger?, ¿cómo acompañarnos?, ¿cómo organizarnos en todo?… Y no esperemos a que nos llamen. Esto sería una espera pasiva. Tomemos la iniciativa y seamos motores de esta reflexión conjunta y coordinada. Contagiemos desde ya la vida. Existe este movimiento pastoral porque hay esperanza. Si no hay esa pasión, algo tenemos que cambiar. También el Adviento es tiempo de conversión y de sacramento de la reconciliación. Este puede ser otro paso que avive nuestro caminar.

CARRASCA. Por último, y para no cargar demasiado -que el que mucho abarca poco aprieta- vamos a mover lo de plantar la carrasca. Es un día de encuentro y de fiesta; de agradecimiento a nuestros mayores y de horizontes de futuro. No perdamos la ocasión de la fiesta con signos llenos de sentido. También puede ser el pistoletazo de salida para animar a la misión o a la celebración de las asambleas que he señalado en los párrafos anteriores.

Y estas acciones, nacidas de la espera a Jesús en plenitud, las hacemos desde el horizonte de la Navidad. Dios se ha hecho hombre, con lo que eso conlleva de belleza y de limitación. Todo nuestro caminar al Cielo lo hacemos como verdaderos peregrinos de esperanza que avanzan desde la humildad y la grandeza de nuestro ser de carne. No tengamos miedo a nada de lo que supone ser humano. Los hermanos vamos juntos, y eso fortalece. Además, nuestra esperanza pone los ojos y aprende del Pequeño de Belén y del héroe de la Cruz, del Resucitado. Dios-con-nosotros camina con su Pueblo. Él reaviva la alegría de nuestra misión bautismal y hace posible la fraternidad verdadera. La experiencia de su Amor pone en marcha nuestra esperanza.