Mons. D. Ángel Román Idígoras
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22 de febrero de 2026
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Cuaresma… No suenan campanas de gloria. No hay flores ni colores alegres en los templos. Hay austeridad en los cantos y sobriedad en la liturgia. Y, sin embargo, hay una gran revolución. Cielo y tierra se unen en este peregrinar cuaresmal. Todas las fuerzas se aúnan para que nos dejemos alcanzar por Dios.
No vivimos otra vez la cuaresma. Vivimos una cuaresma nueva en la que subimos un piso más de la espiral que nos acerca a Dios. Es tiempo de ponernos todos en juego para dejarnos llenar por el Dios del Amor y destilarlo con alegría y espontaneidad en nuestros ambientes.
En la cuaresma, la iglesia de los santos cuida de forma especial a la Iglesia que peregrina al hogar del cielo; los catecúmenos intensifican su formación; la Palabra nos pone en camino y nos hace mirar a la Pascua; el ayuno despierta los sentidos para descubrir a Dios; todos revisamos nuestras vidas y ponemos medios para convertir el corazón. ¡Menudo terremoto de salvación!
La cuaresma es tiempo de trabajo. Es tiempo de alegría por caminar juntos; de esperanza, por tener clara la meta a la que nos dirigimos; de misericordia, porque descubrimos nuestras miserias. Es tiempo de querernos y ayudarnos, porque nos vemos necesitados. Es tiempo de verdad y sorpresa, porque acogemos el perdón. Es tiempo de hinchar el corazón por la esperanza que nos guía. Es tiempo de Dios.
La cuaresma es tiempo de poner nuestros proyectos a la luz del Señor. Es tiempo de renovar la alegría de nuestro bautismo y el fondo de lo que construye nuestra fraternidad.
La cuaresma es impulso para nuestra Misión. Es tiempo de emocionarnos y sentirnos útiles; de soñar y luchar por ese sueño; de pedir ayuda; de transformación. No es tiempo de justificaciones. Es tiempo de ponernos en juego y hacer nuestra aportación a esta gran revolución.




