
Rezar la Palabra en comunidad transforma la vida

Rezar la Palabra en comunidad transforma la vida
25 de enero de 2026
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En este Domingo de la Palabra de Dios ponemos el foco en uno de los espacios donde la Escritura se escucha, se reza y se deja actuar en la vida concreta de las personas: los grupos de Lectio Divina. Para conocer de cerca esta experiencia, conversamos con Emilia Lara Pérez, animadora del grupo de Lectio Divina de la Parroquia del Espíritu Santo de Albacete, tarea que desempeña desde hace aproximadamente tres años.
Emilia explica que la función del animador puede variar según el grupo, pero en su caso consiste, sobre todo, en presentar y motivar el tema, organizar los materiales y cuidar el desarrollo de las sesiones. También le corresponde proponer la oración inicial, ofrecer alguna clave que ayude a centrar la reflexión y, durante el diálogo, acompañar y guiar, destacando las ideas más significativas.
«Todo el grupo participa de la acogida -aclara-, pero el animador ayuda a que el encuentro tenga un orden y a que la Palabra sea el verdadero centro».
Preguntada por las actitudes necesarias para que la Palabra de Dios transforme la vida, Emilia lo tiene claro: la primera es amar la Palabra. A esto se suma una disposición interior abierta, que permita acogerla como Palabra viva, capaz de consolar, cuestionar y cambiar comportamientos.
«La Palabra de Dios hace efecto -afirma-. No es un texto más: modifica la vida».
Uno de los aspectos que más destaca Emilia es la convicción de que el Espíritu Santo actúa tanto en la preparación personal como en el encuentro comunitario. Al trabajo previo lo llaman, de forma significativa, “trabajo con el Espíritu Santo”.
«Cuando una persona comparte una idea y te ilumina, siempre decimos: en ese momento te está inspirando el Espíritu», comenta con sencillez y convicción.
Esta experiencia compartida hace que la Palabra se entienda mejor y se viva con mayor profundidad, especialmente cuando se reza en comunidad. «Eso es lo verdaderamente enriquecedor -señala: descubrir cómo lo que aporta una persona ayuda a otra».
El grupo está formado por unas quince personas, todas mujeres, algo que Emilia menciona con naturalidad, subrayando que el grupo está abierto a todos. Destaca especialmente la diversidad de edades y situaciones vitales: personas consagradas, madres de familia, viudas, solteras…
Todas ellas, eso sí, con un camino de fe sólido, lo que favorece un diálogo profundo y enriquecedor. «No es un primer anuncio -explica, sino un espacio donde cada una aporta desde una vivencia muy trabajada».
A lo largo de los años, el grupo ha trabajado libros tanto del Nuevo como del Antiguo Testamento, lo que ha ayudado especialmente a comprender mejor este último, a menudo menos conocido.
Imágenes, símbolos y expresiones bíblicas cobran nueva luz y enriquecen la participación en la Eucaristía. «Escuchar en la misa frases del Apocalipsis o del Antiguo Testamento te llena de gozo», confiesa.
Además, Emilia subraya la fuerte dimensión social de muchos textos bíblicos del Antiguo Testamento, sorprendentemente actuales: «Son libros muy ‘cañeros’. Nunca había descubierto tanto como ahora».
Entre los libros trabajados, Emilia recuerda como el más revelador Apocalipsis, el libro de Job y el Eclesiastés; estos dos últimos se están trabajando este curso. Cada uno, asegura, tiene su encanto y su capacidad de interpelar la vida. «Todos sorprenden -dice-. Cada libro te deja tocada de una manera distinta».
Para quienes sienten dificultad al acercarse a la Biblia, Emilia lanza un mensaje claro: merece la pena participar en un grupo de lectura creyente de la Palabra de Dios. No importa el nivel cultural ni los conocimientos previos, sino la disposición a escuchar, compartir y rezar la Palabra en comunidad.
«Es un espacio donde hay acogida, respeto y comunión. Una hora para Dios y para los hermanos», concluye.
Un testimonio sencillo y profundo que nos recuerda que la Palabra de Dios, cuando se reza y se comparte, sigue transformando la vida de las personas y de la Iglesia.








