Mons. D. Ángel Román Idígoras
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22 de enero de 2026
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Es una alegría poder inaugurar este año judicial después de seis eneros en los que, por diversas circunstancias, no hemos podido hacerlo en la diócesis. Y me parece que lo mejor, después de tanto tiempo, es recordar el sentido que tiene lo que hacemos.
Dicen que donde acaba el amor empieza el derecho. Jesús nos dejó un único mandamiento: Amaos como yo os he amado. Y San Agustín lo tradujo con su frase “Ama y haz lo que quieras”. Ese “Ama” no es cualquier cosa; ese “Ama” es dar la vida por el otro, que en eso consiste el Amor de Dios. Todos tenemos la experiencia de que, en una casa, cuando todo funciona, la gente se quiere, se preocupa unos por otros, se vive la generosidad del amor entregado que nos pide Jesús y así, entre todos, sacan la casa adelante. En el momento en el que el egoísmo, la comodidad o el individualismo empiezan a ocupar espacio en el corazón de los miembros de la familia, brota el “derecho familiar”: te toca sacar la basura, a ti limpiar los baños y tú tienes que recoger la mesa… ¡que esto no es un hotel! (esto último dicho como coletilla que justifica dicho derecho).
Y así pasa en nuestra Iglesia y en nuestro mundo. Por eso es, desgraciadamente, tan necesario el derecho, los tribunales y la institución de la justicia.
Para situar esta institución en su valor real, no podemos perder de vista que es el siguiente escalón al mandamiento del Amor. Por un lado, esta realidad de la Justicia, nos llena de alegría al no vernos desamparados ante la falta de lo que debería conducir nuestras relaciones. Por otro, nos orienta para ser conscientes de que lo que buscamos con la justicia es llegar a parecernos lo más posible al modelo de sociedad del primer escalón.
Es difícil encontrar la verdad y poder ejercer la misericordia en un mundo lleno de falsedades y mentiras. Por eso hay que rezar mucho por los que tienen la responsabilidad de ejercer este ministerio de la justicia. También hemos de agradecer la honestidad y la actitud de servicio de cada profesional que vela por nuestra dignidad y nuestros derechos.
Tenemos que rezar mucho por ellos y pedir al Señor que los alumbre, los llene de sabiduría y nunca pierdan de vista, en su acción, la forma de actuar de Jesús, que es el modelo del buen hacer del “primer escalón”.
Por nuestra parte, y en lo que toca a la Iglesia, el tribunal eclesiástico está llamado a ser siempre una mano tendida. Tiene la tarea pastoral de acoger a las personas, regenerar sus corazones, ayudar a la conversión y ofrecer una nueva oportunidad desde una justicia que no olvida nunca la misericordia.
En este acto institucional tan solemne, hemos hecho lo propio: memoria y evaluación de nuestras actuaciones; elenco de necesidades y propuestas de mejora para el futuro. Y hemos querido centrarnos en el tema de la nulidad matrimonial como momento de esperanza y sanación.
La conferencia y los testimonios que hemos escuchado nos hacen ver que “la nulidad como momento de esperanza y sanación” no es teoría, sino que es una realidad. Es una urgencia y una obra de misericordia dar a conocer la posibilidad de iniciar un proceso de nulidad como algo que nos restaura y nos ayuda a vivir la verdadera comunión con uno mismo y con el mundo. Es fundamental que sepamos transmitir que estos procesos son asequibles y se puede acceder a ellos con sencillez. En el acompañamiento espiritual, los sacerdotes han de ofrecer este servicio de paz que tiene su Iglesia. Y los que han vivido la experiencia del proceso de nulidad están llamados también a ofrecer su testimonio como fuente de crecimiento y liberación para los miembros de matrimonios nulos. Hay que quitar miedos y perezas; hay que animar a que se tenga en cuenta la posibilidad de la nulidad y nos pongamos en marcha de forma efectiva y bien hecha. Esa actitud nos va a permitir pisar tierra, no tener miedo a la verdad y encontrar, como ya he dicho, la verdadera paz interior y la verdadera comunión con uno mismo y con la Iglesia. En los procesos de nulidad se juzga si ha habido vínculo o no. Jamás aquí se juzga a la persona. La delicadeza, la profesionalidad y la fe de los que ejercen este ministerio hacen que las personas implicadas se sientan totalmente liberadas y respetadas.
Termino felicitando y animando la tarea de los tribunales. Sois verdadero manantial de luz y esperanza para tantos que necesitan mirar hacia adelante y vivir una nueva oportunidad. Os invito a afrontar este curso con una conciencia inequívoca de ser “Peregrinos de Esperanza” y de estar haciendo un servicio esencial para la vida de nuestros hermanos. Nos ponemos en manos de Dios para que sea Él quien se haga presente en nuestro trabajo. Y que la Virgen María interceda por nosotros.
Queda inaugurado el año judicial 2026 de la Diócesis de Albacete.
+Ángel, Obispo de Albacete.




