Mons. D. Ángel Román Idígoras
|
20 de enero de 2026
|
12
Visitas: 12
Queridos hijos y hermanos:
Como cada año, celebramos del 18 al 25 de enero la Semana de Oración para la Unidad de los Cristianos. Sabemos lo importante que es para la fe y para el mundo la unidad, y conocemos también la tendencia que tenemos a vivir enfrentados y separados.
La única manera de avanzar en una senda que construya la verdadera unidad es creernos de corazón el lema de este octavario y vivir desde ahí: “Un solo Espíritu, una sola esperanza”. Es el Dios Uno y Trino el modelo y el motor de nuestra unión. La fidelidad a su Amor y la búsqueda de la Verdad, dejando de lado intereses particulares, es lo que nos permite vivir en esa comunión que Dios tanto desea.
Propongo que en esta semana recemos por la unidad de todos los cristianos y, además, trabajemos de forma activa por esa unidad. A Dios rogando y con el mazo dando.
Uno de los objetivos diocesanos es trabajar la comunión entre nosotros. Invito a que sigamos esforzándonos en la consecución de este objetivo. Considero que es el ladrillo primero para poder construir una fraternidad cristiana real y universal. No podemos empezar la casa por el tejado. Jamás conseguiremos la unidad de los cristianos si nosotros estamos en “guerra civil”. Vamos a empezar por trabajar la unidad en nuestra vida interior, en nuestra familia, parroquia, diócesis… Y, desde luego, vamos a rezar por la unidad de todos: al final, la unidad es un regalo de nuestro Dios. Pero no podemos dejárselo todo a Él: necesita nuestro sí y nuestra acción.
Este año, además, coincide el cierre de esta Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos con el Domingo de la Palabra de Dios, que instituyó el Papa Francisco. El lema es: “Que la Palabra de Cristo habite entre vosotros”. Esta celebración es ocasión para reforzar esa unidad que Dios desea. Si acogemos a Cristo, Palabra del Padre, y le dejamos habitar en nosotros, la verdadera comunión quedará asegurada por nuestra parte. Nos hablará al corazón, seguiremos al que es Camino y, como Él, viviremos en la generosidad de una vida partida y repartida que busca hacer posible que todos seamos uno.
No pongamos excusas ni echemos balones fuera. Vamos a poner nuestra realidad delante del Dios de la vida, y que Él nos alumbre para ver por dónde y cómo tenemos que empezar. ¡Y manos a la obra!




