Juan Iniesta Sáez
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18 de enero de 2026
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Después del tiempo de Navidad, que culminaba su ciclo la pasada semana con la fiesta del Bautismo del Señor, comenzamos este domingo a caminar en la cotidianeidad del tiempo ordinario, el tiempo del encuentro habitual y en sencillez con el Señor. Y lo hacemos de la mano de una figura que nos resulta familiar, porque ya en Adviento ocupaba su lugar preferencial: Juan Bautista.
La imagen más típica que sirve para representar al «más grande nacido de mujer» es la que simboliza el evangelio de hoy: en postura dinámica, guiando nuestra mirada para no quedarnos en él, sino para que, siguiendo el movimiento de su dedo, fijemos la atención en el Cordero de Dios que viene a purificar al mundo del pecado y todas sus consecuencias.
La vida de Juan, actitud que debe imitar todo cristiano, está destinada a orientar la mirada de quien contemple a este testigo del amor de Dios y enfocarla en el actor principal de nuestra vida (¡que no soy yo!).
Quizás no resulte muy popular decir esto en un tiempo en que la mentalidad general privilegia la autoafirmación, el mirar principalmente por uno mismo y, en un extremo de esta actitud, el endiosarse como mecanismo de protección ante los avatares de la vida y ante la erosión que las relaciones personales pueda causarnos; pero lo que nos pide el Bautista con su testimonio es «descentrarnos», seguir los pasos de otro, que marca un camino cierto y seguro.
No se trata de negar el propio protagonismo en la vida, todo lo contrario. Pero no se puede avanzar por el camino de la vida de cualquier manera. Somos hijos en el Hijo y, en cierto, modo estamos llamados a conquistar esa filiación, que por otro lado no deja de ser un don de Dios. Y esa conquista se hace siguiendo las huellas de quien es el Camino y que, en este nuevo año litúrgico, con sus palabras y hechos, nos lanzará nuevamente la invitación desafiante: «sígueme».
Ya Juan nos va indicando que el final y el fruto de ese seguimiento estarán marcado por la presencia del Espíritu Santo en nosotros desde su mismo inicio. Abrámonos a la acción del Espíritu, como hace el propio Jesús al resurgir del baño bautismal en el Jordán, y también nosotros podremos dar testimonio de cómo, siendo más de Dios, somos a la vez más auténticamente uno mismo.




