Hoy celebramos la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico

1 de Julio de 2018

Un año más, ante la fiesta de San Cristóbal y el inicio de las masivas vacaciones del verano, la Comisión Episcopal de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española, desde el Departamento de Pastoral de la Carretera, hace llegar un cordial saludo a todos los que estáis relacionados con la movilidad humana: camioneros, transportistas, taxistas, conductores de autobuses, de ambulancias, bomberos, Guardia Civil y Policía de tráfico, cofradías de san Cristóbal, asociaciones de transportistas… Se dirigen también a las personas que cada día pasan buena parte de su tiempo al volante por razones de trabajo, necesidad o porque se van de vacaciones. Asimismo, a los motoristas, ciclistas y peatones que, de una u otra manera, hacen uso de las vías públicas. A todos les desean la paz, la alegría y la bendición del Señor. 

«Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días» son las palabras de Jesús en el evangelio de san Mateo (28, 21) que han escogido como lema para la Jornada de responsabilidad en el tráfico de este año 2018, en el cual se recuerda los cincuenta años de la creación, por parte de la Conferencia Episcopal Española, del Departamento de Pastoral de la Carretera. 

La preocupación de los papas y las recomendaciones del Concilio Vaticano II motivaron a la Comisión Episcopal de Migraciones a crear un organismo, dependiente de ella, que se preocupara pastoralmente de estas personas relacionadas con la carretera. 

Estamos pues en plena celebración gozosa de los 50 años de este Departamento de la Pastoral de la Carretera, o, lo que es igual, medio siglo en camino con los conductores y peatones como “Iglesia en salida”, que diría el papa Francisco, aportando su granito de arena, para que la movilidad por nuestras carrereas y calles sea un poco más segura. 

Nos tenemos que trasladar al otoño de 1967 para ver la ilusión y el cariño de los Obispos a la hora de crear el Departamento de Apostolado de la Carretera, como entonces se llamaba. 

Por aquel entonces, el 21 de mayo de 1968, con motivo del “Día Internacional sin Accidentes”, los obispos que integraban la Comisión Episcopal de Migraciones hicieron pública una exhortación pastoral titulada Espíritu cristiano y tráfico, cuyo contenido, por su misma índole, encierra los más elevados principios de educación vial, válidos no solo para el cristiano, sino para cualquier hombre.

«Le hemos encomendado una tarea que abarca especialmente estos tres campos: el ministerial, en orden a facilitar los servicios sacerdotales a los usuarios de la carretera, tanto en la pastoral ordinaria como en caso de accidente. El apostólico, con todos los usuarios de la carretera. Nuestra atención tiene presentes de manera especial a los conductores de camiones, por el ejemplar alarde de sentido de responsabilidad, de esfuerzo y de virtudes humanas con que van sembrando a diario todos sus caminos. Y esta labor abarcará también a cuantos prestan servicio en la carretera: hostelerías, gasolineras, servicios de tráfico y auxilio en carretera, obras públicas, clínicas de urgencia, talleres, etc. Todos ellos están afectados por unas circunstancias y necesidades pastorales peculiares y comunes, y juzgamos preciso cumplir en este caso el mandato conciliar de “tener especial solicitud con aquellos fieles que, por circunstancias de la vida, no pueden disfrutar suficientemente de la atención pastoral común y ordinaria de los párrocos o carecen totalmente de ella” (CD, n. 18). Finalmente, será misión de esta obra llevar a cabo una labor formativa, que despierte en los fieles el sentido de responsabilidad cristiana cara al tráfico y sus problemas»

El último domingo de junio de 1969, un año después de la exhortación pastoral de los Obispos, se celebró por primera vez la «Jornada de responsabilidad en el tráfico». El año 1995 se trasladó al primer domingo de julio, donde sigue, por coincidir con el gran éxodo vacacional con el fin de reclamar la atención de los conductores sobre la responsabilidad durante el período estival y por la cercanía de la fiesta de san Cristóbal, patrono de los conductores. 

Como recuerda la exhortación Espíritu cristiano y tráfico: «No podemos por menos de reconocer, en primer lugar, los valores positivos que la carretera y el tráfico aportan al desarrollo de la dimensión social del hombre».

Pero, junto a estos beneficios y valores, dice el mismo documento, no se nos oculta el grave concomitante de sucesos que ensombrece nuestras carreteras. «Demasiada sangre se vierte cada día en una lucha absurda con la velocidad y el tiempo… Es doloroso pensar que, en todo el mundo, innumerables vidas humanas continúan siendo sacrificadas cada año por esta inadmisible suerte».

El hombre encuentra en el uso del vehículo una digna satisfacción al ver sometido a su voluntad, como fruto de su ingenio, pericia y esfuerzo, esa gran fuerza y potencia. De ahí que podamos definir la circulación como «un movimiento en libertad y en responsabilidad». 

Por eso, como actividad humana libre, ella está sometida a unas leyes éticas o morales, derivadas de la naturaleza misma del hombre en relación consigo mismo y con los demás, aislada y socialmente considerados. Para un creyente estas normas naturales tienen su complemento y perfeccionamiento en las normas positivo-divinas en las que se encarna la voluntad de Dios. 

Estas normas urgen a todo el que tiene relación con la carretera, como conductor, como vigilante del tráfico, como constructor y cuidador de las vías y de los vehículos, como peatón. Porque en la actividad del tráfico son muchas las personas y los bienes que se ponen en juego y que estos principios protegen: el conductor y su familia, los otros  conductores y los viajeros, los peatones, la sociedad y los seguros o los bienes materiales. 

Quizá no venga mal recordar la gravedad y las consecuencias de los accidentes viales y la serie de inconvenientes y perjuicios -muy difíciles de soportar- que acarrean a nuestra sociedad, ya sean de tipo familiar o personal (heridos y muertos), ya de tipo económico social (daños materiales, hospitales, medicamentos, incapacidad física laboral, etc.). Con razón se puede considerar que los accidentes de tráfico constituyen hoy una epidemia para la sociedad moderna. Los centenares de personas que mueren o quedan inválidas anualmente en nuestro entorno constituyen un problema dramático que afecta a toda la sociedad. 

Conscientes de las luces y de las sombras que acompañan al fenómeno del tráfico, pretenden, con esta comunicación pastoral, ayudar a que aumenten sus valores, bendecirlos e invitar a todos los fieles a que asuman la responsabilidad de cristianizarlos. Deseando, al mismo tiempo, que su voz sirva de guía para evitar o, al menos, aminorar tantos riesgos físicos y morales

Les alegra sobremanera el saber que el Señor está con nosotros todos los días (Mt28, 21), que acompaña nuestro camino como a los de Emaús (Lc 24, 15), que sale a nuestro encuentro como en la parábola del hijo Pródigo (Lc 15, 20), que cura nuestras heridas como el Buen Samaritano (Lc 10, 33-34) y es para nosotros el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6). 

Invitan a todos los ciudadanos, peatones y conductores de cualquier vehículo, a la responsabilidad en el tráfico, pues, como dice el papa Francisco: «para incrementar la seguridad no bastan las sanciones, sino que se necesita una acción educativa que conciencie más sobre las responsabilidades que se tienen sobre quienes viajan al lado». Por eso mismo, el papa criticó el «escaso sentido de responsabilidad» de quienes usan el teléfono móvil mientras conducen.

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