III DOMINGO DE PASCUA

15 de Abril de 2018

Aprendiendo a reconocerlo

En pocas horas, desde la última cena con Jesús hasta la muerte en cruz, los discípulos tuvieron que vivir una serie indecible de acontecimientos dramáticos: el prendimiento de Jesús, la escapada de ellos, las negaciones de Pedro o el suicidio de un compañero, Judas. Ya quedan sólo once en el grupo. Se hacen seguramente preguntas a las que no encuentran respuesta.

Las mujeres, que madrugaron para ir al sepulcro con los aromas que habían preparado, vinieron contado su experiencia a los Once, “pero estas palabras les parecían desatinos y no les creían”. Pedro, que corrió al sepulcro, no vio más que las vendas; volvió asombrado, pero tampoco les creyó.

En éstas andaban, según el evangelista Lucas, cuando llegan los de Emaús relatando, casi sin poder articular palabras por la emoción, su encuentro con Jesús en el camino y cómo le reconocieron al partir el pan. En este contexto nos narra Lucas una nueva aparición: Se presenta Jesús en medio de ellos con el saludo habitual de los judíos, que ahora sonaba con una música nueva: “La paz sea con vosotros”. 

Llenos de estupor y de miedo creían ver un fantasma. Jesús les dijo- ¿Por qué os sorprendéis? ¿Por qué pensáis así? Ved mis manos y mis pies: soy yo. Tocadme, mirad, un fantasma no tiene carne y huesos: soy en persona”.

Habían vivido una experiencia tan desconcertante que no es extraño que ahora se queden atónitos, abobados, como cuando recibimos una noticia inesperada, de esas que nos hacen exclamar “¡no me lo puedo creer!”. Luego, poco a poco, se irían serenando, acostumbrándose a la luz.

Los relatos posteriores a la resurrección nos resultan desconcertantes, incluso, a veces, incoherentes. Es como si los cauces lógicos por lo que hasta entonces había discurrido la vida de Jesús se hubieran salido de madre. No era para menos. Había acontecido algo que rompe moldes, que sobrepasa la experiencia humana. Un hecho real, pero capaz de superar las dimensiones del tiempo y del espacio. La vida de Jesús ahora no es como la de antes, quebradiza y limitada, sino como la que tuvo desde toda la eternidad como Hijo eterno de Dios. Su cuerpo, aunque real, no es el cuerpo vulnerable, esclavo del espacio y del dolor, destinado a morir. Ha roto todas las cadenas, no necesita ser visible, ni estar sometido a un lugar. Es un cuerpo que parece tener más las propiedades del espíritu que las de la materia.

Es como si Jesús, con las apariciones, fuera educando la mirada de los discípulos para que vayan aprendiendo a reconocerlo con los ojos del alma, con la luz de la fe. Por eso, aparecen datos nuevos, indicios suficientes para que se vayan haciendo la idea de que su modo de reconocerle empieza a ser diverso. ¿Por qué los de Emaús sólo le reconocieron al partir el pan? ¿No era una forma de enseñarles a reconocerle por otra vía: la de los signos sacramentales, en la “fracción del pan”, en los acontecimientos, que, leídos desde la fe, pueden convertirse en señales? Y, sin embargo, Jesús tiene que volver al lenguaje pre-pascual, el único que los discípulos conocen hasta ahora: tocar, comer, beber, para convencerlos de que no es un fantasma.

Poco a poco irían descubriendo el significado de palabras y verdades por las que habían pasado infinidad de veces. Ahora empezaban a entender el sentido de tantas parábolas. Ahora caían en la cuenta de lo ciegos que estaban cuando Jesús les hablaba de la cruz y la muerte. Todo cambiaba al entender y ver las palabras y los hechos de Jesús a una luz nueva, a la luz de la Pascua.

También nosotros tendremos que habituarnos a mirar la vida bajo esta luz. Trabajar, amar o sufrir, al modo como Jesús enseñó, sólo puede hacerse desde esta clave, la clave en que está escrito todo el Evangelio. Sólo desde esta clave se puede tener una imagen completa de Jesús, el mismo el Cristo de la historia y el Cristo de la fe, el crucificado y el resucitado. Y los que no tienen fe sólo podrían reconocerlo en los signos con que acreditemos, quienes hemos creído en Él, que Él vive en nosotros, que en Él encuentran sentido hasta nuestras cruces, cómo vivimos la alegría pascual, cómo esperamos y cómo amamos. Porque “amar es estar ya pasando de la muerte a la vida”, dirá san Juan.

+ Mons. D. Ciriaco Benavente Mateos
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