ASCENSIÓN DEL SEÑOR

28 de Mayo de 2017

El cristiano asciende abajándose

Con la Ascensión concluye el tiempo de la presencia visible de Jesús en medio de sus discípulos y comienza el tiempo de la Iglesia, el tiempo de quienes nos es dado vivir como la comunidad de los que deseamos hacer del seguimiento de Jesús nuestro camino de vida y de esperanza. La Ascensión significa el triunfo del amor, la culminación de la resurrección. Jesús no se ha ido a un lugar más allá de las nubes, ha entrado en una dimensión nueva, llevando ahora como trofeo su cuerpo glorioso, transfigurado por el Espíritu. La corporeidad no se agota en la materialidad física, ni en la continuidad bioquímica de sus elementos, sino que hace valer la perspectiva de la relación, del encuentro, de la transparencia y la comunicación. 

Estamos tan atados a las coordenadas de espacio y tiempo que no entendemos que haya otras dimensiones que transciendan tales coordenadas, que haya otros niveles de relación y otras maneras de presencia. Pero hasta la experiencia nos enseña que, a veces, estamos físicamente cerca, pero espiritualmente lejos. Y viceversa: que podemos estar espacialmente lejos, pero espiritualmente muy próximos. Y esto, que es verdad cuando vivimos en la carne, es mucho más verdad cuando vivimos en el espíritu.

La Ascensión no inaugura una ausencia, sino una forma nueva de presencia. Jesús continúa con nosotros por medio de su Espíritu.

Cristo ascendiendo entra en el corazón del Padre y adquiere la capacidad de estar en el corazón de la humanidad y del mundo. La Ascensión no es alejamiento, sino profundización en la comunión. 'Os conviene que me vaya -decía Jesús-; así os enviaré mi Espíritu'.

Al celebrar la Ascensión la esperanza canta dentro de nosotros, se empina y crece. Jesús, “el primogénito de muchos hermanos” nos precede. El camino está abierto. Todo hombre podrá también dejar un día el barro, el dolor y la muerte, y volar hacia la libertad más plena y la felicidad sin límites.

Quien descendió a lo más bajo es elevado a lo más alto, quien se hizo siervo es proclamado Señor; quien quedó como despojado de su divinidad, se sienta a la derecha del Padre compartiendo su señorío.

El camino de la ascensión cristiana no consiste en mágicos vuelos que nos hagan escapar de nuestro compromiso con el mundo. Vamos ascendiendo en la medida en que bajamos a la arena del servicio, del amor, de la entrega a los hermanos. El cristiano asciende abajándose. Ése fue el camino que siguió Jesús. “Dije: “¡no habrá quien alcance!”: y abatíme tanto, tanto/ que fui tan alto tan alto, / que le di a la caza alcance”, dirá Juan de la Cruz tras una de esas experiencias místicas.

'¿Qué hacéis ahí plantados, mirando al cielo?', se les dice a los apóstoles después de la Ascensión. Jesús, acabada la tarea que el Padre le encomendó, es como si nos dijera: 'Ahora os toca a vosotros: Como el Padre me envió, yo os envío. Id a proclamar el evangelio. Salid al campo abierto, al frío y a la lluvia, acercaos al dolor de los hombres; curad enfermos. Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. ¡Qué bien nos viene en el año de la Misión diocesana que la Ascensión nos recuerde que somos Iglesia misionera, “en salida”, como dice tantas veces el papa Francisco!

Los cristianos vivimos siempre entre dos tentaciones: Quedarnos mirando al cielo, en un espiritualismo desencarnado, de huida del mundo, o mirar sólo a la tierra, perder la perspectiva que marca Cristo con su victoria, sofocar el dinamismo que genera la Pascua, achicar la esperanza haciendo del cristianismo puro temporalismo. La Ascensión nos enseña que no hay que quedarse mirando al cielo; pero también nos enseña que no hay que olvidarse de mirar al cielo.

Por aquello de “la misión”, hoy celebramos también la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Una Jornada que viene, como todos los años, acompañada por dos oportunos mensajes: El del papa Francisco y el de nuestros obispos de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social.

El Papa invita a “comunicar esperanza y confianza en nuestro tiempo”. Los obispos nos piden tener confianza y esperanza en la verdad, en la era de la post-verdad”.

El Papa no pretende favorecer la desinformación, ni acallar lo negativo; pero, ante la costumbre de centrarnos en las “malas noticias” (guerras, terrorismo, escándalos…), que acaban generando apatía y sensación de que no se puede hacer nada, invita a romper el círculo de la angustia y el miedo, generando una comunicación constructiva, que fomente el encuentro, que ayude a mirar la realidad con confianza, que apunte soluciones y genere actitudes responsables y activas.  

Los obispos, haciendo suyo el mensaje del Papa, nos invitan a reaccionar ante la que ya se conoce como la era de la post-verdad, entendida como la adecuación del intelecto a la opinión mayoritaria, a lo socialmente correcto, que es frecuentemente mudable, efímero, independiente de la realidad. La post-verdad es la consecuencia tanto del relativismo moral como de la modernidad líquida, y da lugar al “todo vale”. Pero la historia enseña que una sociedad o una democracia sin valores se convierten con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto en que imponen su visión los poderes de turno.

Quiero felicitar y expresar mi reconocimiento agradecido a los comunicadores y a los medios que nos prestan un admirable servicio. Que Jesucristo, el comunicador de la Buena Noticia, aliente y bendiga a cuantos trabajan en este campo tan difícil, tan lleno de riesgos, pero sobre todo de posibilidades.

+ Mons. D. Ciriaco Benavente Mateos
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